Los días se suceden
Enero se dirige a una muerte segura
para resucitar quién sabe cuando
de manera gloriosa sobre nuestras cabezas.
Hasta entonces -quién sabe- quizá duerma en nosotros
latente
esperando a surgir
no sólo en el tiempo, sino en nuestro tiempo
en el tiempo real de cada cuerpo
en nuestro único tiempo relativo
el tiempo personal
e intrasferible.
Me gusta ver Enero desde el autobús
saber cómo se extiende como aceite
tras la ventanilla fría e indiscreta
para sentirlo también fundirse con mis huesos
tratar de tú a cada célula de mi organismo
sin piedad, tan frío y respetuoso.
Tan frío como el aire.
Cojo aire
y siento su volumen expandirse
-boca, garganta, tráquea, pulmones-
su fría esencia que fluye
tan justa por todas mis paredes interiores.
Al momento pienso
en lo absurdo y pretencioso de la expresión "cojo aire"
y en la eternidad de mi momento incoloro y etéreo
lo siento escapar frágil, ansioso
consciente de su fin inexorable:
el aire
siempre estará condenado a ser libre.
Entonces
aparto mi ser del trono celestial
-debe haber unas sesenta personas más dentro del autobús.
Si todas ellas, pienso, si cada una
intentase a su vez contener en sí el aire
la raza humana estaría avocada al desastre
viviríamos pues en un mundo de dioses
las sucursales bancarias ya no tendrían sentido
y los medios de masas habrían fracasado-.
Y sin embargo
nunca ha habido dioses en este autobús
su murmullo mortal puede estar en lo cierto:
Enero estará aquí cuando volvamos
y el autobús será
tan puntual como siempre.
miércoles, 27 de enero de 2010
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